27 mar 2010

Che Guevara ¿Trotski de Castro?




Allá por los años sesenta, cuando estaba en pleno furor la moda de ser marxista, en los círculos iniciados se decía que a todo Stalin le sale, tarde o temprano, su Trotski. De acuerdo con la jurisprudencia sentada por Stalin en esta materia, el Trotski de turno debía morir de un hachazo en la cabeza. En tiempos más recientes y cerca de nosotros, a Carrillo le creció un Claudín y a Felipe un Guerra. Carrillo intentó liquidar a Claudín lanzándole el humo de sus numerosos cigarrillos a la cara, y Felipe pretendió eliminar a Guerra rayándole sus compacts de Mahler. Pero ¿y al Che, el Trotski de Castro, cómo logró Fidel Castro meterlo debajo de un mausoleo en la ciudad de Santa Clara?



Domingo del Pino Gutiérrez

(Artículo no publicado hasta ahora en en castellano)




Se trata de una vieja historia que se inicia cuando ambos se conocen por primera vez en México, en casa de María Antonia, en el verano de 1955. Fidel, para obsequiar a aquel fotógrafo ambulante que le había deslumbrado, cocina espaguetis para él; Che, para halagar al líder máximo in pectore que le había conquistado con su facilidad de palabra, le escribe un poema.

Cuando el trotskismo se hace notar en la Cuba de Castro, en la primera mitad de los años sesenta, el escenario político cubano ya se había clarificado aunque persistían algunos ajustes de cuentas residuales. Los viejos comunistas cubanos, cordialmente despreciados por los nuevos ricos de la revolución, se infiltraban en el aparato del Estado apoyados discretamente por la URSS. Para entonces la Unión Soviética era ya el único estado del bloque socialista dispuesto a ayudar a Castro.

El rechazo a los narras, como la calle llamaba coloquialmente a los viejos comunistas, venía de muy atrás. De finales de la década de los años treinta cuando el Kremlin, todavía Vaticano del comunismo mundial, lanzó la consigna de construcción del socialismo en un solo país abandonando viejas ambiciones mundialistas. Aquello equivalía a dejar otros socialismos para más adelante y consecuente con ello, Earl Browder, el patrón del comunismo en América, ordenó a su partido y a todos los partidos latinoamericanos, que hibernaran hasta que papá Stalin ordenase lo contrario.


Dos ministros en el gobierno de Batista

Sólo los trotskistas, rápidamente acusados de colaboradores del Imperio, se opusieron y crearon disidencias en la IV Internacional que llevaron el nombre de los cabecillas disidentes. La IV Internacional-Línea Posada era la que acogía bajo su regazo a los trotskistas cubanos. Los comunistas ortodoxos, los que seguían las consignas de la clase obrera, es decir de Stalin, les acusaron de ser agentes de la CIA, precisamente cuando ellos, en aplicación extensiva de las consignas de Browder, tenían a dos ministros en el gobierno del dictador Fulgencio Batista.

Los comunistas cubanos aplicaron con gran celo aquellas consignas y por los años cincuenta, Blas Roca Calderío, Secretario General del Partido Comunista cubano, llegó a escribir un libro contra aquellos locos muchachos que despreciando a la gran revolución mundial soviética en stand-by, se habían atrevido a atacar el Cuartel Moncada y más tarde el Palacio Presidencial. La figura de Fidel Castro, pintada como un gangstercillo estudiantil de tres al cuarto, quedaba muy mal parada en el libro.

El problema surgió cuando aquel gangstercillo estudiantil derrotó al ejército de Batista y entró en La Habana, triunfante, el 8 de enero de 1959. En los meses que precedieron a ese triunfo, los siempre fieles militantes comunistas cubanos habían recorrido todas las librerías de La Habana para retirar aquel libro ahora tan inoportuno. Dos años más tarde, cuando el viejo Aníbal Escalante dirigía las famosas ORI (Organizaciones Revolucionarias Integradas), y Edith García Buchaca, otra comunista “de toda la vida” tutelaba la cultura revolucionaria, el libro en cuestión desapareció incluso de las bibliotecas públicas.

Yo leí una supuesta fotocopia del libro casi recién llegado a Cuba porque un comandante, amigo de un amigo, me prestó el ejemplar que conservaba como oro en paño. Entonces sólo los trotskistas cubanos se encargaban de recordarlo y de distribuir fotocopias a los comandantes de la Sierra.


El viejo comunismo se revuelve contra los trostkistas

Pero los viejos comunistas cubanos, convencidos de que una revolución no podría hacerse sin ellos, los grandes conocedores del marxismo, se habían propuesto ocupar el poder por etapas. Primero pensaban destruir al Directorio Revolucionario (DR) estudiantil, a cuyos dirigentes consideraban pequeños burgueses hijos de ricos. A unos los presionaron para que se marchasen voluntariamente de Cuba y a otros los enviaron, con la secreta complicidad de Fidel en algunos casos, a puestos diplomáticos lejanos en donde estaban seguros que iban a fracasar y si no fracasaban ellos les harían la vida imposible. Podían hacerlo porque habían logrado colocar al frente del Departamento de Personal del ministerio de Asuntos Exteriores, con rango de viceministro, al viejo comunista Carlos Olivares.

El jefe del DR, Faure Chomón, cuyo anticomunismo era de sobras conocido, fue enviado, en el colmo de la perversidad, de embajador a Moscú. E. Rodríguez-Loeches, diplomático, profesor de historia y ex asaltante del Palacio presidencial en 1957 y hombre de una honradez sin tacha, fue enviado a Marruecos, un país con el que Cuba pensaba que no iba a tener ninguna o muy poca relación. Los comandantes del DR, Julio García Olivera, Humberto Castelló, Guillermo Jiménez y otros, fueron enviados a puestos sin mando en las FAR o en la Seguridad.

Una mujer del DR, Marta Jiménez, valiente e inteligente y siempre leal a sus principios, se enfrentó casi sola a los viejos comunistas y logró demostrar unos años más tarde que su esposo, Fructuoso Rodríguez y otros cuantos jóvenes del DR, que después del asalto al Palacio Presidencial murieron a manos de la policía de Batista en el número 7 de la calle Humboldt, habían sido delatados por un joven del partido comunista llamado Marquitos, que gozaba y gozó hasta su condena, de la protección de otro viejo comunista, Joaquín Ordoqui y de su esposa Edith García Buchaca.



También el Che se opuso al viejo comunismo

En realidad no sólo Marta resistió a esa toma del poder por los comunistas: Che Guevara también. Cuando todos los comandantes de la Sierra se inclinaban ante Escalante, que envalentonado con su nuevo poder y el apoyo de la URSS llegó a proponer que se enviara a Fidel Castro a estudiar marxismo-leninismo a Moscú, Che se negaba a acudir a los llamados de Escalante y le hacía decir a través de su secretaria: “Si quiere verme que venga él, que la misma distancia hay de su despacho al mío, que del mío al suyo”.

Che no excluyó por motivos ideológicos nunca a nadie que pudiese ser útil, y acogió en su ministerio de Industrias, como antes hiciera en el Banco Nacional, a cientos de técnicos que no eran revolucionarios pero que proclamaban que estaban dispuestos a trabajar honradamente si les dejaban políticamente en paz.
Por una extraña coincidencia, en el octavo piso del ministerio, en el Viceministerio Técnico, habían coincidido muchos de esos técnicos apolíticos, y numerosos viejos comunistas de dientes podridos y bigotes quemados por el humo de los tabacos.

Allí fui enviado junto con otros españoles como el ingeniero Tomás Gracia que inventaría más tarde la primera máquina de “torcer tabaco”, Ramón Martorell y José Luis Bodegas, que crearían el primer departamento de Normas y Control de Calidad, y un francés, Marcel Genovesi, que inventaría, con otros técnicos franceses la primera máquina cortadora de caña. Ni Tomás Gracia ni los franceses verían jamás reconocidos sus méritos porque la ortodoxia imponía que tuviese que ser un técnico soviético el autor de esos inventos.

Aquel staff de viejos comunistas cubanos estaba tutelado por el camarada – de ellos – José Miguel Espino, que tenía a gala decir que había nacido en una reunión de una célula comunista y a quien la revolución tuvo el desacierto inicial de confiarle el viceministerio de Transportes, cargo en el que le mantuvo hasta que los autobuses de la Habana dejaron de circular por las calles de la capital. Como castigo Espino había sido ascendido y remitido, también aviesamente, al ministerio de Che Guevara, a ver que destrozo podía causar allí. A un hombre de consignas y sin ideas propias le habían confiado nada más y nada menos que el Departamento de Invenciones e Innovaciones.


Normas y Metrología: un departamento heterogéneo

Claro que el Che, que nunca fue tonto, le confió todos los departamentos de la octava planta al Ingeniero Roberto Acosta un hombre honrado, conocedor de su trabajo y trabajador pero -como decían los viejos comunistas, trotskista. Acosta, de quien luego se sabríao se diría que era el jefe del trotskismo cubano, se trajo consigo a su joven ayudante de nombre – como no – León y de apellido Ferrara, ilustre en la saga de los trotskistas latinoamericanos.

Todo ese tinglado heterogéneo de comunistas resabiados, trotskistas, españoles y franceses, fue colocado bajo el mando supremo del capitán Jesús Suárez Gayol, Viceministro Técnico, quien moriría más tarde combatiendo en Bolivia con el Che bajo el apodo de el Rubio.

A toda esta fauna se unió desde el principio un haitiano miope de doce dioptrías que una lancha patrullera cubana había recogido medio muerto en 1960 en alta mar en un bote a la deriva, junto con otros compatriotas que acababan de fracasar – según dijeron – en un intento de asesinar a Duvalier. El haitiano lo conocimos en adelante con el nombre de Fritz, pues como mandaban las ordenanzas revolucionarias no escritas, casi todos los revolucionarios extranjeros que vivían en Cuba lo hacían bajo un nombre prestado. Fritz, claro, era trotskista.


Un boletin de la IV Internacional dstribuido en el ministerio

El ingeniero Acosta había conseguido autorización del Che para publicar un boletín semanal que se titulaba de Boletín Informativo de la IV Internacional-Sección Cubana, que distribuía León personalmente por los ministerios de Industria y Finanzas mientras fue ministro de éste último Alvarez Rom, amigo de Acosta. El primer ejemplar, por deferencia, era siempre depositado primero en la mesa de Che Guevara y no era distribuido hasta pasadas unas horas, cuando se suponía que el Che ya lo había leído.

Che Guevara había tenido varios encontronazos ideológicos con José Miguel Espino en las asambleas que se celebraban en su ministerio periódicamente. Uno de los más acalorados fue con motivo de la discusión del papel que pueden desempeñar los sindicatos en una revolución. El Che sostenía que los sindicatos no eran necesarios en la revolución porque, decía él, los trabajadores estaban en el poder. Espino argumentaba, por el contrario, que el sindicalismo era imprescindible ya que en el poder no estaban, según él, los trabajadores, sino una pequeña burguesía ilustrada a la que había que controlar con algún mecanismo eficaz.

Espino, que no podía competir dialécticamente con el Che, se limitaba a repetir la consigna de que los sindicatos eran la “correa de transmisión” del pueblo, pero nunca podía acabar sus frases porque los asistentes rompían a aplaudir frenéticamente cada vez que el Che le interrumpía con alguna de sus cáusticas observaciones. Los viejos comunistas tenían además muy poco prestigio en el ministerio porque casi siempre se escaqueaban de los trabajos voluntarios de fines de semana que habían surgido como iniciativa de Acosta, desde el principio apoyado por el Che.

Cuando los trotskistas lograron que el Che generalizara la idea de crear aulas de superación en los propios ministerios durante las horas de trabajo, en Industrias se organizaron cursos de Economía Política. La polémica entre viejos comunistas y trotskistas surgió de nuevo. Los primeros proponían que se utilizara para los cursos el Manual de la Academia de Ciencias de la URSS, conocido por el nombre de su autor, el Nikitin, que explicaba la economía marxista en unas cuantas recetas.

Los trotskistas propusieron, por el contrario, el Manuel de Economía de Oskar Lange, un economista del Este europeo heterodoxo cuyas teorías económicas iban a permitir poco a poco la coexistencia de un sector estatal con otro privado. Con el apoyo de el Che, el manual escogido fue el de Oskar Lange, que había editado el ministro Alvarez Rom y publicado el ministerio de Finanzas. Espino no podía ocultar su decepción y sostenía que aquella elección era muy propia de quienes pretendían, como los trotskistas, reintroducir el capitalismo en Cuba por la puerta falsa.


Oskar Lange contra Nikitin

El boletín de la IV Internacional-Sección Cubana, que editaban Acosta y León Ferrara, era con frecuencia crítico con algunas de las absurdas medidas de la revolución, sobre todo las nacionalizadoras. Hay que tener en cuenta que la revolución había llegado a nacionalizar no solo los pequeños comedores privados de tres o cuatro mesas, sino incluso a los vendedores ambulantes que a media mañana permitían que uno se pudiera tomar un reparador ostión (ostra) en vino dulce, un huevo de tortuga, un tamal o una friturita de bacalao.
El restaurante donde yo solía comer, un mísero comedor situado detrás del Capitolio, tenía sólo cuatro mesas pero siempre disponía de pescado, ajíes y tomates y fruta bomba (papaya), piña y hanón.

Una buena mañana el propietario, que lo llevaba con sus dos hijos y su esposa, recibió la amable visita de dos inspectores de la Juceplan (Junta Central de Planificación) que le dijeron:“Mira chico, la revolusión sabe que tu eres un trabajadó..Pero mi’ elmano, la revolusión no puede `pelmitil un negosio privado palticulal..así es que te vamos a nasionalisá...pero no tienes que pleocupalte de nada chico, la revolusión que es generosa te deja al frente del negosio y te paga un sueldo..los ploductos te los servirá la JUCEPLAN cuando tu rellenes esta planilla…”  Al día siguiente había desaparecido el pescado, las frutas y las verduras y los primeros suministros de la JUCEPLAN, varios sacos de arroz y latas de conserva rusa, tardaron nueve meses en llegar.

Los trotskistas, como muchos, pensaban que ese extremismo llamado “sarampión revolucionario” era innecesario y que la mayoría de los problemas de la población podían solucionarse con un poco de sentido común. El Che lo repetía con frecuencia y sus discursos eran recogidos por el Boletín de la IV Internacional. En los años 1964 y 1965 el Che se había vuelto además extremadamente crítico con la URSS. A los diplomáticos rusos les molestaba sobre todo que brindara en público diciendo “gambé” como los chinos. Así es que los editores del Boletín aprovechaban la oportunidad para exponer sus ideas y reproducirlas junto a los discursos del Che, dando la impresión de una complicidad que en realidad no existía. La maniobra trotskista era un tanto primitiva pero no preocupaba a nadie porque lo que el Che pensaba de los soviéticos lo repetía siempre en público y en privado.

Mientras el Che estuvo en Cuba los trotskistas no fueron nunca molestados. Los viejos comunistas eran tan impopulares en el ministerio y en el país que todos apoyaban a los trotskistas a pesar de que nadie parecía tener ni la más mínima idea de qué era el trotskismo, quien fue Trotski o qué papel histórico le había tocado desempeñar en la revolución rusa. La trilogía de Isaac Deutscher circulaba en Cuba pero al igual que El Ojo de Tel Aviv y otros libros, solo en los predios universitarios y de mano en mano. Por otra parte el Che parecía decir siempre lo mismo que Fidel así es que los jóvenes miembros del nuevo partido cubano, garantes de las esencias, debían pensar que o la revolución cubana era trotskista o los trotskistas era simplemente revolucionarios cubanos.


1965 un año clave en la vida del Che

El año de 1965, clave en la vida del Che, fue también el año del final del trotskismo cubano. Che había pasado la mayor parte de ese año en el extranjero intentando rebelar a los congoleses contra el tandem Mobutu-Tshombe y tratando de movilizar, sin ningún éxito, a varios dirigentes africanos a favor de su idea de crear muchos Vietnams por el mundo. El 24 de febrero de 1965 se encontraba en Argel, donde intervino en el II Seminario afroasiático. Después de una larga conversación con Huari Bumedien, habló en la conferencia del intercambio desigual entre países industrializados y subdesarrollados y sostuvo que la URSS se beneficiaba de esa desigualdad de la misma manera que los países capitalistas.

Sus palabras no tenían nada de sorprendente para los cubanos. En Cuba casi todos pensaban lo mismo. Además la idea no era del Che sino del viceministro del Azúcar, Enrique Francisco, que entre puro y puro le había comentado al Che que la URSS estaba colocando en el mercado internacional – en divisas – grandes cantidades del azúcar que compraba a los cubanos en rublos en el marco del tratado comercial que existía entre los dos países, restándole mercados a Cuba que necesitaba dólares angustiosamente.


Una consulta a Fidel

Aquella tarde el director del periódico Granma leyó sin mayor reticencia los despachos de agencias sobre el discurso pronunciado por el Che. Se dio cuenta, no obstante, de que era importante y para cubrirse las espaldas le envió copia a Fidel Castro antes de publicarlo, como era además habitual. Pero Fidel o lo leyó muy tarde o no le dio importancia, así es que fue publicado.

Mientras tanto el embajador ruso en Argel había enviado una nota al Kremlin en la que decía que le parecía inadmisible que uno de los más destacados dirigentes de un país patrocinado hablase en aquellos términos de la URSS. Cuando Granma salió a la mañana siguiente, los trotskistas de ministerio de Industrias lo leyeron con verdadero entusiasmo. Por fin, decía León Ferrara, alguien se atreve a decir la verdad pura y dura sin subterfugios retóricos. Ese era el tema de conversación de aquel día en todas las coladas de café de las 08:30 de todos los ministerios de la capital.

León Ferrara llegó a las clases de economía política matinal agitando en el aire con expresión de triunfo su ejemplar del Granma que traía, al menos en la parte dedicada al discurso del Che, completamente subrayada con rotulador rojo. Propuso que la clase de esa mañana estuviese dedicada con exclusividad a analizar el discurso del Che. “Esto es lo que nosotros hemos venido diciendo siempre”, sostenía”, “Este discurso es dinamita pura; economía viva y práctica”.



José Miguel Espino se revuelve

José Miguel Espino, que se había sentido ofendido por las criticas del Che a la URSS más que el mismísimo embajador ruso, saltó de su asiento y gritó a León: “Estas mancillando el nombre de un dirigente revolucionario cubano y eso no te lo puedo permitir”. Todo fue tan rápido que nadie supo cómo empezó, pero de pronto Espino y Ferrara estaban enzarzados a puñetazos. A duras penas Acosta logró separarlos pero Espino indignado, se marchó dando un portazo a la par que amenazaba: “Esto no quedará aquí. El partido tiene que saber qué ocurre aquí”.

Y efectivamente el partido lo supo porque media hora después todos los jefes de departamento eran convocados por Eloy Valdés, el joven secretario general del partido cubano en el ministerio que más tarde sería diplomático. Eloy aparentemente quería minimizar el incidente y sólo preguntaba que quién había iniciado la reyerta para sancionarle. José L. Bodegas y yo, que estábamos presentes cuando la pelea se originó, habíamos sido convocados también quizá porque en tanto que extranjeros se suponía que nuestra declaración sería imparcial. Pero Espino quería politizar el asunto: “El problema no es ese, compañero” le decía a Eloy Valdés, “el problema es que en este ministerio ha crecido un absceso contrarrevolucionario trotskista y el partido tiene que tomar cartas en este asunto”.

“Bueno, bueno, chico” contestaba Eloy conciliador, “que alguien me explique luego esa coña marinera de la conspiración trotskista. De momento que León vaya la semana que viene a la producción sancionado”. Enviar a alguien a “la producción”, es decir a una fábrica a trabajar como obrero era un castigo muy frecuente en aquella época que no conllevaba ningún maltrato para el sancionado y cuyo objetivo era ante todo didáctico.
Estaba destinado a demostrar a los burócratas de las oficinas ministeriales el trabajo que le cuesta a un obrero ganarse su salario y subliminalmente a sugerirles que se dejaran de coñas marineras si no querían verse como ellos. Así es que contentos de que el altercado tuviera ese final feliz dentro de lo que cabe, entre todos convencimos a León, para que aceptara de buen grado pasar una semana en una fábrica.

Pero Espino debió dirigirse a otras instancias superiores del partido y convencerles de alguna supuesta conspiración porque varios días después Acosta, Ferrara y otros connotados trotskistas del ministerio dejaban de acudir a sus puestos de trabajo sin ninguna explicación. El boletín de la IV Internacional dejó de circular y poco a poco supimos que en otros ministerios había ocurrido algo parecido: los trotskistas habían desaparecido. En ese plazo de tiempo Moscú había reaccionado al cable de su embajador en Argel y había transmitido una protesta formal y contundente a Castro a través de su embajador en La Habana.

Cuando Osvaldo Dorticós, el presidente de la República, recibió al jefe de la misión diplomática soviética en la Habana éste le largo una perorata sobre la ingratitud del ser humano con la cual Dorticós se hubiera dado por satisfecho de no ser que antes de marcharse el embajador soviético se le acercó más al oído y casi en un susurro le dijo que a la URSS le iba a resultar muy difícil justificar antes sus otros aliados del bloque comunista “que siempre nos piden más y más ayuda”, la preferencia del Kremlin por un régimen cuyos máximos dirigentes la trataban tan mal públicamente.


Fidel toma cartas en el asunto

Fidel Castro llamó al Che y le pidió que regresara de inmediato a Cuba para acabar de una vez por todas con esa aparente duplicidad del discurso político cubano. Pero el Che tardó en volver y de Argel viajó a El Cairo y a Pekín, donde esperaba demostrar con un acuerdo comercial “revolucionario y desinteresado” con China cuán cierto estaba en sus acusaciones contra la URSS. Mao, que preparaba ya su revolución cultural, le escuchó distraído y le despidió con sus tradicionales sonrisas y “gambés” pero sin comprometerse a nada.

Che también quería acelerar la conclusión de acuerdos para celebrar en La Habana aquella conferencia tricontinental cuya idea original se le debía al líder marroquí Mehdi Ben Barka, quien parecía haber llegado en lo político a las mismas conclusiones que el Che Guevara en lo militar. Como herencia del Che y de Ben Barka Fidel Castro tendría que poner luego su mejor cara a aquella primera Tricontinental que suscitaba las mayores reticencias de los soviéticos y que dio lugar a un importante marcaje por la Seguridad cubana de aquellos líderes guerrilleros concentrados por primera vez en La Habana, principalmente de Carlos Marighela y Turcios Lima.


La URSS se irrita contra el Che y Fidel reprime a los trotskistas

Los trotskistas cubanos, a quienes Fidel Castro nunca había tomado en consideración como fuerza, eran un boccato minore que no obstante sufriría las consecuencias de aquella irritación de la URSS y de Fidel con el Che. El líder máximo les infligiría un castigo ejemplar y público para satisfacer a la URSS porque ¿Qué podía agradar más a Moscú que un trotskista castigado? En el ministerio todos supimos, a través de los familiares de los represaliados, que miembros de la Seguridad del Estado les habían visitado una tarde y se los habían llevado presos.

La acusación más grave era contra Roberto Acosta, en cuyo domicilio habían encontrado un mimeógrafo y una biblioteca con una veintena de libros calificados de “literatura trotskista”, entre los que figuraban la Trilogía de Deutscher, obras de Milovan Djilas y sin que se sepa muy bien porqué Cien Años de Soledad de García Márquez y las Historias del Pulgarcito del poeta revolucionario salvadoreño Roque Dalton.

Como agravante también citaba la acusación la última edición del Boletín de la IV Internacional que incluía una dura critica contra el creciente burocratismo en los ministerios habaneros, varios de los cuales habían triplicado sus plantillas en sólo dos años. Es verdad que el Boletín ide la IV Internacional nsistía en el ministerio de Comercio, dirigido entonces por Luzón, un comunista de vieja cepa, así es que Espino se encargó de presentar la critica como una “intolerable provocación contrarrevolucionaria”.

Tirso Sáenz, un burócrata enganchado de última hora del comunismo pro-soviético triunfante en Cuba, que había fracasado dirigiendo la Academia de Ciencias, había caído para arriba y había sido parachutado como viceministro Técnico al ministerio de Industrias junto con otros ilustres incompetentes que la habían endosado a Che Guevara.


Tirso Saenz: la brucracia del partido en marcha

Nada más tomar posesión, Tirso convocó una asamblea de trabajadores del ministerio, seguramente para legitimar las medidas disciplinarias que el partido ya le había ordenado que tomara. Sus palabras eran como el eco de las de Espino: “A nuestra revolución le salió un tumor y tuvimos que extirparlo, decía. Las revoluciones tienen enemigos en todas partes incluso entre quienes se presentan como trabajadores eficientes. La reputación de un dirigente de la revolución ha sido manchada y la revolución, a través de sus órganos competentes, ha tenido que defenderse. Acosta y los otros convictos conspiradores han sido detenidos”.

El silencio que siguió a estas palabras podía tocarse con las manos. Tirso se preparaba para levantar la sesión, contento de que no hubiera preguntas, cuando en medio del silencio sepulcral se oyó la voz gangosa del haitiano Fritz: “Pegooo, ¿dónde están el ingeniego Acosta y el compañego León?”, preguntaba rodando las erres más que de costumbre.

“Ya se lo he dicho”, respondió Tirso irritado, “están dónde deben estar los contrarrevolucionarios convictos y confesos que son”. Pero Fritz insistía: “si, de acuegdo, pego dónde?. No comprendo como una gevolución puede haceg eso con sus gevolucionagios”, argumentaba creyendo que aquella asamblea había sido convocada realmente para debatir algo.

Su avanzada miopía no le permitía ver como al flamante viceministro se le inflamaba el tiroides ni como su cara adquiría el color de la papaya madura. “Mire”, le gritaba ya Tirso, “esta revolución es cubana y la hemos hecho los cubanos, y sólo los cubanos tenemos derecho a opinar sobre ella”. “Pego si yo sólo quiego sabeg…” Fritz no pudo concluir la frase. Tirso le interrumpió violentamente: “Nada, usted no quiere saber nada. Usted no es más que un provocador, así es que márchese de esta asamblea y si quiere hacer la revolución váyase a hacerla a su país”.


El regreso del Che a La Habana

Cuando el Che regresó a La Habana un mes después, el 15 de marzo de 1965, Fidel y Dorticós le aguardaban a la escalerilla del avión junto a Aleida March e Hildita, esposa e hija del Che. La televisión cubana filmó la escena del encuentro entre los dos hombres y dejó constancia del frío recibimiento. Fidel y el Che no se dieron el tradicional abrazo y aquello fue objeto de variados comentarios al día siguiente.

Supimos después que Castro y el Che estuvieron dos días seguidos con sus respectivas noches conversando y discutiendo, pero nada trascendió de aquella maratónica conversación. Solo trascendió lo que Fidel reprochó al Che mientras Dorticós estuvo presente. Castro le dijo que comprendía y compartía todo lo que había dicho en Argel pero que como dirigente de la revolución cubana no podía andar por el mundo insultando a los amigos de Cuba y mucho menos a un amigo del que dependía por completo la supervivencia de la Isla y de la revolución.

Parece ser que el Che así lo admitió y lo que pactaron después a solas sólo Castro podrá revelarlo algún día. El hecho histórico es que el Che ya no regresó más a su despacho en el ministerio de Industrias y que la siguiente vez que se supo de él fue en Octubre de 1966, cuando Castro anunció su muerte en Bolivia.
Regis Debray, que no cree en el distanciamiento final entre Castro y Guevara, ha escrito no obstante que ambos eran como “dos revoluciones paralelas y simultáneas”.

Por primera vez en su etapa cubana Che Guevara, con toda la influencia y prestigio que indudablemente conservaba, no logró que liberaran a los trotskistas aunque lo intentó. Lo único que obtuvo fue que las condiciones de detención del ingeniero Roberto Acosta y León Ferrara fueran aliviadas. Acosta fue enviado a trabajar, en proceso de “rehabilitación por trabajo manual”, a una planta eléctrica situada a 20 kilómetros de La Habana y León Ferrara fue destinado como obrero a la fundición Antillana de Acero también en las afueras de la capital. Desde entonces nadie oyó nunca más hablar de trotskismo en Cuba.


Un premio para Espino

Unos meses más tarde José Miguel Espino era nombrado presidente de un recién creado Movimiento de Inventores e Innovadores con categoría asimilada a ministro. El poeta Roque Dalton fue tanteado por Fidel Castro para que escribiera una “Critica a la Revolución en la Revolución” del francés Regis Debray, considerada ahora demasiado guevarista, pero por las circunstancias que fuera ese panfleto, que debería haber desmontado la teoría del foquismo contenida en el libro de Debray, no vio nunca la luz.


A finales de 1997 los restos de Che Guevara regresaron a Cuba desde Bolivia para descansar en un mausoleo en la ciudad de Santa Clara, cuya toma por él mismo en diciembre de 1958 precipitó la caída de Fulgencio Batista y abrió a Fidel las puertas de La Habana. Para que descanse en paz definitivamente, dijo Fidel Castro al presidir las honras fúnebres. 

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