27 mar 2010

Cuba: mitos de izquierda, mitos de derecha


El día que Fidel Castro tropezó y cayó al suelo en directo ante la televisión me dije: “Está acabado. Los líderes carismáticos no pueden tropezar y caer al suelo como los demás mortales”. Desde ese día los cubanos se encomiendan a Oddudúa, el Olofin Akoko patrón de lo desconocido, o a El Egguá, el emisario entre lo humano y lo divino de los Yorubas. Pero en Cuba hasta los dioses tienen dificultad para cumplir sus designios. El rito yoruba exige que para que Oddudúa cumpla el destino se le han de sacrificar “chivos adultos o chivas vírgenes sin montar, gallinas, guineas, ñames y frutos” que son difíciles de encontrar en la isla caribeña. Para que el exorcismo surta efecto todo ello hay que meterlo entre dos mitades de calabaza que representan el cielo y la tierra. Mientras el misterio de las calabazas se desvela, el interesado deambula entre la vida y la muerte. Tendido en el suelo a los pies de su auditorio Fidel Castro parecía una estatua desprendida de su pedestal.



   Adiós comandante, adiós

Domingo del Pino. Economía Exterior nº 38, Otoño 2006

Introducción

Una caída es un mal augurio en los regímenes autoritarios que, como es sabido, se esfuerzan por conservar después de muertos, aunque sea en piedra, a sus dictadores preferidos. Antes de analizar que es lo que la revolución cubana ha hecho mal o bien, o que valor tienen los pronósticos y los planes norteamericanos, convendría recordar que es lo que Cuba dejó atrás en 1959.

Escribir sobre Cuba, su revolución y sus personajes, me resulta difícil. Estuve demasiado tiempo implicado directamente en ella y emitir hoy, cuarenta años después de los hechos que sentenciaron el futuro, juicios críticos sobre situaciones que viví y que no critiqué en su momento, me parece un imperdonable oportunismo.
Llegué a La habana a principios de los años sesenta por simpatía con la revolución o mejor dicho por simpatía con las personas que me contaron cómo era la revolución.

Mi intención era pasar solamente un mes de vacaciones. En 1975, cuando regresé a España, aún no había gastado aquellos 40 dólares pero si todas mis ilusiones. Lo primero que debo aclarar es que yo no fui a Cuba confundido por ningún romanticismo de izquierda europea de esa que Regis Debray llamaba “gauche caviar”, ni por haber idealizado a la revolución cubana.

Mis amigos cubanos habían tomado parte en casi todas las revueltas y expediciones desde los años cuarenta, y en el Asalto al Palacio presidencial de Fulgencio Batista el 13 de marzo de 1957. Antes y después unos habían matado y otros habían muerto.

Conocía perfectamente la trayectoria de Fidel Castro tanto en su etapa de estudiante, en una universidad cubana que como todas las latinoamericanas estuvo siempre muy ligada con el gansgterismo o por lo menos con la violencia de tipo gangsteril, como en su paso por el exilio mexicano, por la Sierra Maestra y luego desde la revolución.

No le he idealizado nunca, como tampoco he idealizado a aquellos comandantes que conocí o con los cuales trabajé. El gran atractivo de Cuba para mi era que todo parecía puesto en tela de juicio. La revolución no tenía nada que ver con el marxismo-leninismo que luego proclamaría sino más bien con un cierto hegelismo entendido en su versión abreviada de ponerlo todo “patas arriba” para hacer las cosas de otra forma.

Visto en retrospectiva, esto es realmente cruel para la sociedad y para los seres humanos porque supone trastornar todas las vidas y situaciones creadas porque unas minorías se arrogan el derecho de interpretar los deseos de las mayorías.


Mitos de izquierda, mitos de derecha

Las izquierdas se niegan a realizar cualquier juicio critico sobre Cuba, evitan toda reflexión y todo reconocimiento de la realidad cubana, y se aferran a unas convicciones, a unos mitos anticuados que los viejos partidos comunistas resumen con palabras rituales o frases altisonantes. “Explotados, proletarios, revoluciones, partido único, militante heroico, líder, vanguardias obreras y campesinas” que aparecen constantemente en unos escritos que en nada se parecen a la realidad. Las derechas hacen lo mismo.

Se enrocan en sus prejuicios, se creen su propia propaganda y cabalgan contentos sobre otros mitos igualmente huérfanos de respaldo empírico. Entre éstos, el de que los cubanos, todos los cubanos que viven en Cuba, se quieren marchar de su país; que el régimen está solo y aislado, y que la ciudadanía espera que lleguen los salvadores de Miami a rehacer la historia.

Es una simplificación que sugiere que mañana, cuando el “líder” falte, comenzará la democracia. Cómo ha podido Cuba resistir cuarenta y siete años frente al país más poderoso del mundo, sometida a un bloqueo sin piedad, es algo que nadie explica.

Por qué a pesar de las enormes dificultades que los cubanos han padecido y padecen, de una represión sin cuento cuya realidad supera siempre los relatos, algunos prefieren un poco de dignidad a un poco de confort, es algo que requiere reflexión. Son cubanos que no tienen nada en común con la Nomenklatura, ni con el régimen, ni con los CDR, ni con la misma revolución, pero que no dejan de ser cubanos.

Al analizar la historia de la revolución cubana fuera de sus circunstancias y de su contexto original y con los instrumentos metodológicos e ideológicos de nuestro presente, Cuba nos parece, objetivamente, una aventura humana fracasada. Pero la revolución de 1959 de Cuba es probablemente el acontecimiento histórico que más ha influido y aún sigue influyendo en la historia de América Latina y de los países de habla hispana en el siglo XX.

Fue en realidad la continuación de otro siglo XIX de revoluciones en Cuba y en el Caribe, una región del mundo donde los regimenes en el poder y el poderoso vecino Norteamericano nunca permitieron, salvo raras excepciones, que los dictadores pudieran ser derrotados en las urnas.

Lo que conviene preguntarnos también es qué mecanismo freudiano hace que una experiencia fracasada siga despertando adhesiones. La violencia, incluida la terrorista, fue la única forma de cambiar algo en América desde la etapa de las guerras contra las colonias europeas, incluidas las de España.

Después vinieron los Ejércitos de Liberación del Caribe, las Legiones del Caribe, las expediciones armadas, los atentados y asaltos a los palacios presidenciales y a los cuarteles, las bombas y los atentados contra los dignatarios del régimen, las guerras de guerrillas. Finalmente –supremo hallazgo cubano- vinieron los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) que combinados con los múltiples órganos de seguridad y represión del Estado, han permitido al régimen cubano y a aquellos países que los copiaron, un control de la sociedad sin precedentes en la historia.

Cuando surgen los enfrentamientos en Cuba por el papel de la cultura y de los intelectuales en la revolución, cuando Che Guevara descubre la importancia del “cuadro columna vertebral de la revolución” y del ”hombre nuevo”, cuando el Presidente Osvaldo Dorticós dice en 1966 que “más vale un revolucionario que un técnico” y el partido aplica ciegamente y hasta sus últimas consecuencias lo que esa afirmación sugiere, Cuba comienza a destrozar sus posibilidades de futuro.

En parte las había destrozado ya cuando Fidel, queriendo dar lecciones a los soviéticos, viajaba por las zonas deprimidas del país con un talonario de cheques en el bolsillo repartiendo talones a todo el que le pedía un refrigerador de petróleo para su bohío, dinero para una operación que no podía esperar, para una reparación que urgía acometer, o simplemente para comer.

Su explicación era que determinadas necesidades humanas no podían esperar a que la economía del país permitiera dar a cada cual según su necesidad a cambio de que cada cual diera según su capacidad.
La realidad era, y es no lo admiten ni los revolucionarios ni los partidos comunistas, que los obreros y campesinos que sirven de pretexto para las revoluciones le hurtaban el cuerpo al trabajo en los cortes de caña y en las industrias, que la productividad había caído por los suelos, y que el trabajo voluntario, que llevaba a los burócratas de los ministerios a los campos de caña y a las cadenas de producción de las industrias lo que de verdad querían esa falta de entusiasmo crónica por el trabajo.

Eso no tenía nada que ver con la asistencia masiva a los mitines de la Plaza de la Revolución donde Fidel Castro peroraba durante horas y horas, mientras la gente paseaba, escuchaba, merendaba, almorzaba, ligaba, y a veces hasta cenaba. En poco tiempo el partido, el cuadro, sería el “rey león” de la vida de los cubanos y sustituiría a aquellos glamoroso comandantes del principio que paraban sus autos con gran ruido de frenos ante la ”becaditas” traídas del campo a la capital para estudiar.

Todos eran guapos, todos eran simpáticos y fotogénicos, y todos habían tenido buen cuidado de apoderarse de los coches, las casas, los cubiertos y los enseres de otros cubanos que habían emigrado a los Estados Unidos.

Un llamado ministerio de Bienes Recuperados, que dirigía un incondicional de Fidel, Faustino Pérez, se ocupaba de “recuperar” todo aquello que quedaba vacante y lo utilizaba, según las indicaciones del Jefe, para hacer la felicidad de los favoritos del régimen. Intervencionismo norteamericano Aquella revolución hubiera podido ser democrática pero Estados Unidos contribuyó a frustrarlo.

Cuando yo llegué a Cuba no había ningún comunista a la vista. El cubano medio era antisoviético y los comandantes no pasaban sus horas en aburridas reuniones de partido sino en el Turf, en el Flamingo, el Monseñor, el Salón Rojo del Capri, el Riviera, y en los muchos lugares de diversión que aún funcionaban en La Habana. Pero desgraciadamente la relación de Cuba con Estados Unidos estaba planteada entonces en términos de “ver quien tiene más bemoles”.

A cada sanción que imponía Estados Unidos, Fidel Castro respondía nacionalizando bienes y empresas norteamericanas. En los puntos álgidos de ese proceso se encuentra la suspensión de la cuota azucarera a Cuba, a lo que Fidel respondió con el primer convenio azucarero con la URSS por el cual ese país se comprometía a comprar todo el azúcar cubano que Estados Unidos no comprara; al cierre del grifo del petróleo siguió la creación del puente marítimo de petroleros desde la URSS para abastecer a Cuba; después continuó el bloqueo económico, el intento de instalación de misiles balísticos nucleares en Cuba, la Crisis de Octubre, y el fracaso americano de Playa Girón.

Al final del proceso Cuba había nacionalizado todas las propiedades norteamericanas en Cuba pero también se había creado una extraordinaria dependencia de la URSS. El Hotel Hilton de la Habana transformado en Hotel Habana Libre después de su nacionalización, se había convertido en el símbolo del pulso echado por Estados Unidos a Castro y perdido.

Pero Estados Unidos no comprendía entonces, como no comprende hoy, que mientras más prepotente se muestra con los demás países, más fuertes son los deseos de éstos de resistirle. Cuba era una humillación para Estados Unidos y su condición de primera potencia mundial y sobre todo un mal ejemplo para los intereses estadounidenses en América Latina.

Entonces como hoy eran los países pequeños y no los grandes los que le ganaban los desafíos a la poderosa América. Cubanos y norteamericanos La percepción de Estados Unidos por el cubano medio tiene mucho de freudiana. Es a la vez admiración y rechazo; amor y odio, subordinación y enfrentamiento. Lo único que no existe es indiferencia.

Entre Cuba y Estados Unidos nada es circunstancial. Todo tiene profundas raíces históricas muy anteriores a la revolución de 1959 y todo está en la historia. Después de la derrota de España de 1898 y la firma y ratificación del Tratado de Paris que puso fin a la guerra hispano-norteamericana, Estados Unidos mantuvo su ocupación de Cuba con generales al frente de gobiernos militares hasta 1902.

En 1901 el General Leonard Woods diseñó él mismo la futura Constitución de la próxima Cuba independiente, pero la agregó un apéndice conocido como Enmienda Platt, que en su artículo 8º disponía la firma de un Tratado Comercial que colocó a la economía cubana a la merced de Estados Unidos.
De 175 ingenios azucareros con que contaba el país entonces 75 fueron en pocos años propiedad de norteamericanos, 14 de propiedad mixta y 10 de propiedad de canadienses. Desde entonces poderosos intereses norteamericanos comenzaron a instalarse en Cuba y a ocupar sectores claves y rentables de la economía cubana como el azúcar o el tabaco que tanto habían influido en la declaración de la guerra a España bajo la presión de los estados esclavistas del Sur norteamericano.

En 1902 fue elegido primer presidente de Cuba don Tomás Estrada Palma, con una soberanía extraordinariamente limitada por la Enmienda Platt, que era consecuencia de una interpretación pro domo del Tratado de Paris por Washington. Estados Unidos entendía que el Tratado de Paris le obligaba a garantizar la independencia y la estabilidad de Cuba, y por eso y mediante el artículo 3º de la Enmienda se autorizaba a intervenir militarmente siempre que considerase a esas libertades en peligro.

A pesar de la independencia de Cuba, Estados Unidos no reconoció la soberanía cubana sobre Isla de Pinos hasta 1925. Más tarde interpretó esa Enmienda y ese Tratado con carácter extensivo. Intervino militarmente y ocupó Cuba de nuevo entre 1906 y 1909 y desembarcó para operaciones puntuales en 1912, 1917, 1918 y 1919.

En 1921 el general Enoch Crowder recién nombrado embajador, tuvo la diplomática idea de llegar a Cuba a bordo del acorazado Minnesota. En los siete años que estuvo de embajador en la isla, envió trece memorandums dando instrucciones al Presidente Alfredo Zayas, uno de ellos para que revisara el Tratado de Reciprocidad Comercial y ampliara las ventajas de Estados Unidos en el comercio con la isla.

A Alfredo Zayas sucedió Gerardo Machado Morales, un ex mambí que terminaría apodado “el carnicero” por los estudiantes por su afición a lanzar a los presos a los tiburones que merodean por las costas de la Isla. Cuando fue elegido Presidente ya era una figura importante en la General Electric en Cuba, vicepresidente de Electric Bond and Share Co. y dueño de plantas eléctricas en Santiago, Cienfuegos y Cárdenas.

Una huelga general de 1933, que abrió un primer periodo revolucionario, le derribó y tuvo que huir a las Bahamas. A partir de 1934 los sargentos intervienen en la vida política de Cuba y ese mismo año, otro embajador norteamericano, Jefferson Caffery, obliga a Cuba a firmar otro Tratado de Reciprocidad Comercial aún más lesivo que el anterior porque ampliaba los privilegios arancelarios para los productos de Estados Unidos.

Durante esa década de los años treinta los Rockefeller se instalan en Cuba y con ellos la Standard Oil of New jersey, el City Bank y el Chase National Bank. En 1923 las inversiones norteamericanas en Cuba superaban ya los 220 millones de dólares o el 17, 7 por ciento de las inversiones totales norteamericanas en América Latina.

Para 1927 esas inversiones se elevaban al 27,31 por ciento. La penetración se aceleró durante los dos gobiernos corruptos de Grau San Martín y Prio Socarrás. Estados Unidos controlaba la distribución de electricidad a través de la Compañía Cubana de Electricidad, el teléfono a través de la Cuban Telephone Co, y el tráfico marítimo de mercancías a través de la Port of Havana Dockers Co. El new deal de Roosevelt de 1933 convirtió a Cuba en consumidor exclusivo de productos norteamericanos y aceleró el papel de monocultivo del azúcar. La Ley Costigan-Jones de 1934 impuso restricciones a las exportaciones de azúcar cubano mediante un sistema de cuotas destinadas a proteger a los productores de la Luisiana.


La mafia en Cuba

Al hablar de la penetración norteamericana en Cuba es obligado mencionar, por la importancia del control que adquirió de ciertos de sectores de la economía como el turismo y el juego, la implantación de la Mafia norteamericana en Cuba. Sus inicios se remontan a los años veinte, cuando perseguida por la ley seca se instaló en La Habana.

Con la “revolución” de los sargentos de 1934 llegaron las cuatro “familias” más importantes: Amletto Battisti y Lora; Amadeo Barletta Barletta; Santos Trafficante; y Meyer Lansky. Amadeo Barletta Barletta, administrador de los bienes de la familia Musolini en América, se instaló después de la II Guerra Mundial en La Habana.

Era representante de la General Motors, construyó el Edificio Ambar Motors, y compró el Canal 2 de televisión y el periódico El Mundo. En diciembre de 1950, Felipe Pazos, presidente del Banco Nacional de Cuba, le autorizó a convertir el Banco Internacional de La Habana en el Banco Atlántico SA, del cual fue primer presidente.

En 1959 se afirmaba que Cuba era el burdel de Estados Unidos. Cuando llegué a Cuba de aquello solo quedaba los residuos y cientos de casas en las grandes ciudades cubanas donde decenas de mujeres, desde detrás de unos ventanucos pequeños que se abrían en las mismas puertas, se ofrecían a los pasantes. La revolución les dio trabajo y las convirtió en las “compañeras prostitutas” que luego serían “reeducadas”.

Los logros del principio La rebaja de los alquileres a la mitad, la escolarización generalizada, la medicina generalizada, la alfabetización llevada a los campos y las montañas más recónditas del país, la recuperación de los espacios de recreo antes reservados a la aristocracia habanera para todos, el trabajo y el salario garantizado, un reparto equitativo de la riqueza, el abaratamiento de los libros, la igualdad de género, son todos grandes logros del principio de la revolución. El régimen ha “vivido” hasta ahora de lo que hizo aquellos primeros meses.

Después vendrá una auténtica gran solidaridad internacional de Cuba con Vietnam y las luchas por la independencia de Africa y el mundo árabe. Jóvenes, periodistas, intelectuales y marxistas europeos y americanos acudirán a ver qué pasaba en Cuba. A los jóvenes europeos, acostumbrados al aburrimiento, al doctrinarismo y a la grisez de la revolución soviética, aquella revolución donde se bailaba y bebía hasta altas horas de la madrugada, donde el sexo era elevado a categoría revolucionaria, les fascinaba.

A pesar de la ayuda tandecisiva de la URSS, algunos líderes importantes como Che Guevara, preferían brindar en las celebraciones públicas diciendo “Gambé” como los chinos, en vez de “Prosit” como los ciudadanos del Este europeo.

El Che había acusado públicamente a la URSS de beneficiarse como los países capitalistas del intercambio desigual y había llegado a decir que la URSS compraba el azúcar cubano a precios baratos de convenio y lo revendía el mercado internacional cuando el precio estaba alto.

Pero una cosa era el pueblo y los comandantes de la revolución y otra la infiltración de los viejos comunistas cubanos en todos los centros vitales del Estado. Ellos, que solo se habían unido a la revolución en un tardío mes de diciembre de 1958, cuando la caída de Batista era ya inevitable, habían creado las tristemente célebres Organizaciones Revolucionarias Integradas ORI.

Con ellas pretendían invertir el proceso natural y en vez de integrarse ellos con el Directorio Revolucionario y el 26 de Julio, pretendían integrar a estas dos organizaciones con su partido. Como estrategia para ayudar a los vietnamitas y de paso aliviar la presión sobre Cuba, surgió la idea de crear múltiples focos guerrilleros en América y en África, en el convencimiento de que Estados Unidos no podría hacerles frente a todos simultáneamente.

Cuando Che Guevara promueve esa idea, encuentra a la URSS frontalmente en contra y a Fidel Castro primero dubitativo y luego también opuesto para no pone en peligro la importante ayuda soviética a Cuba.
La partida de Che de Cuba en 1965 para crear otros frentes guerrilleros en América Latina, anunciada poco después de un viaje a Argelia y unas largas entrevistas con Huari Bumedian, según me la ha explicado después un alto cargo argelino, fue un intento de Argelia de unirse a ese movimiento tricontinental que contrariaba el afroasiatismo soviético.

Con él Bumedian se vengaba de pasada del apoyo que Castro había prestado a Ben Bella y por los insultos que había proferido contra el actual presidente Buteflika a quien llegó a decir en algunos discursos: “Sí, ese Butterfly o Buteflika o como se llame…”.

La Conferencia Tricontinental, ideada por el líder marroqui Mehdi Ben Barka y celebrada el 16 de enero de 1966 en La Habana, llegaba con una estrategia de retraso y cuando Fidel Castro ya había decidido cambiar el rumbo de la revolución y la URSS no quería incomodar a Estados Unidos extendiendo la revolución a su traspatio latinoamericano.

Trabajé en la Tricontinental como traductor simultáneo y al mismo tiempo en un grupo de que dirigía Julita Calzadilla, hermana de uno de los dirigentes de la Seguridad cubana, Ramón Calzadilla para que ningún paso de aquellos revolucionarios congregados, Carlos Marighela, Turcios Lima, los Montoneros, los Tupamaros y otros, pasara desapercibido para la Seguridad cubana ya muy infiltrada por los soviéticos.


Conclusiones

Todos especulan hoy con el pos-castrismo y Estados Unidos proclama, sorprendentemente porque eso correspondería a los cubanos, que está diseñando un plan para la transición democrática de Cuba. El Presidente Georges Bush aludió a él en 2004 y la Consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice se ha reunido varias veces con el Comité para Asistencia a una Cuba Libre (Commission for Assitance to a Free Cuba).

El informe del Comité de 6 de mayo de 2004 señalaba como principales ejes de acción el reforzamiento de la sociedad civil cubana; Romper el bloqueo de información de la dictadura cubana; Negar recursos a la dictadura cubana; Poner de manifiesto la realidad de la Cuba de Castro; Promover acciones diplomáticas internacionales de apoyo a la sociedad civil cubana y de rechazo al régimen de Castro; Minar la estrategia sucesoria del régimen.

Para todo ello el Congreso norteamericano ha reservado ya una cantidad de 88 millones de dólares. La actual generación de cubanos ha nacido después de la revolución pero no está tan despolitizada como las generaciones europeas y americanas contemporáneas.

Las pretensiones de la Pequeña Habana, Miami, de gestionar la transición cubana, puede que no se vean cumplidas nunca. Playa Girón es un mal precedente de la capacidad de los cubanos de Miami y por otra parte esos planes, como los del gobierno de Estados Unidos, cuentan poco con los cubanos de la Isla. Aunque reprimida, angustiada por los mil problemas cotidianos, por la escasez y por las dificultades, por los persistentes atentados a los derechos humanos, por los prisioneros políticos, por la ausencia de auténticas libertades y de democracia, de estado de derecho, la población y la sociedad cubana no deja de ser una de las más politizadas del Continente americano.

Será dificil que contemple a Estados Unidos como el salvador porque los enfrentamientos de Estados Unidos con Cuba no son solo con Fidel Castro. Tienen la más larga historia de enfrentamientos de todos los países de América. La revolución, quiérase o no, ha dado a los cubanos un cierto orgullo de haber hecho frente durante cuarenta años al poderoso Goliat del Norte.

Eso es machismo y no revolución, pero es importante. Los cubanos han adquirido un sentido de la dignidad en estos años que no quiere decir respaldo a la revolución necesariamente, pero si deseo de vivir libres no solo de Castro sino también de Estados Unidos. Las relaciones entre La Habana y Washington, sea quien sea el que esté en el poder en La Habana, no volverán a ser nunca como antes de la revolución.

Lo que si puede representar una enorme complicación y una auténtica inestabilidad para Cuba es ese deseo que ha anunciado el presidente Bush de que sean devueltas sus propiedades a los antiguos propietarios cubanos y norteamericanos. Un par de millones de cubanos ocupan aquellos pisos y apartamentos, aquellas tierras, aquellos centrales y aquellas industrias desde hace cuarenta y seis años.

Si alguien intentara que se las devolvieran algo, eso si que podría desestabilizador. La economía domestica cubana está por los suelos. La falta de derechos es un hecho innegable; la represión también, así como el empecinamiento de un dictador en no permitir una mínima empresa privada que podría aliviar muchas necesidades urgentes de los cubanos.

Pero aún así la riqueza o como diría Raúl Roa la miseria, está mejor repartida en Cuba que en cualquier otro país de América Latina. Los informes de desarrollo humano del PNUD sitúan a Cuba en puestos más que honorables teniendo en cuenta las circunstancias.

Concretamente el Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD de 2005 coloca a Cuba en un aceptable puesto 52, por delante de México (53), Panamá (56) Libia (58) Rusia (62) Brasil (63) Colombia (69) Venezuela (75) Arabia Saudi (77), Perú (79) Ecuador (82), República Dominicana (95), Argelia (103) Egipto (119), y Marruecos (124). 

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